Llegué a Agra con el firme propósito de sacar todo el partido posible a la ciudad antes de entrar en el famoso mausoleo que la convierte en el destino turístico más visitado de India. Por este motivo, ni el primer día, ni el segundo, ni el tercero, atravesé las murallas que protegen el monumento de las miradas de curiosos.
Habrá quien considere una tontería obligarse a resistir la tentación y cumplir gratuitamente una penitencia como ésta, pero el haber hablado con tanta gente que lo único que conoce de Agra es el Taj Mahal y el Fuerte Rojo, ya sea porque no quiso ver otra cosa o, aún peor, porque vino y se fue en el mismo día en una excursión organizada desde Delhi (con comida incluida y 40 minutos para “disfrutar” del monumento), realmente me hizo plantearme si la ciudad tendría tan poco que ofrecer, y si el acoso al turismo sería tan acusado como se decía. El primero de estos interrogantes no tardaría en ser respondido; el segundo, tampoco.
Primer día: Barrio musulmán y Sikandra
La primera mañana la dediqué a explorar los alrededores de mi hotel, situado en Taj Ganj, un barrio junto a las murallas del Taj Mahal lleno de tiendas de souvenirs, restaurantes más o menos baratos y hoteles para bajos presupuestos. Una vez más, encontrar alojamiento en una casa particular me resultó imposible, a pesar de que yo venía con la ingenua idea de que, al tratarse de un lugar tan frecuentado por el turismo, no faltarían las mentes abiertas aficionadas al couchsurfing. No tardaría en probar en mi propia piel los dañinos efectos de la mentalidad comerciante que, como un cáncer, pudre los cerebros de sus habitantes y hace imposible establecer demasiados vínculos con ninguno de ellos.

El hombre mas simpatico de todo Agra: nunca antes me habian saludado tan efusivamente mas de cinco veces al dia
Desde ahí caminé hasta el barrio musulmán, en el centro de la ciudad, formado por cientos de callejuelas que se enredan en torno a una gran mezquita sin demasiado encanto. Por el contrario, el barrio en sí mismo bien vale una mañana, especialmente por las llamativas carnicerías en cuyos escaparates se exhiben, colgadas de ganchos, impresionantes piezas de carne como hasta ahora no había visto en ninguna otra ciudad de India (al menos, no expuestas al público tan explícitamente).
Teniendo en cuenta que la religión musulmana prohíbe el consumo de cerdo, en un primer momento me incliné a pensar que se tratase de cordero (animal que, junto con el pollo y es pescado, constituye la base de la dieta no vegetariana del país), pero al preguntarlo, uno de los vendedores me aseguró que era vaca. Yo no quise creerlo, pero al fin y al cabo, lo verdaderamente interesante de su respuesta no es que el hombre mintiese o dijese la verdad (o entendiese mi pregunta) sino el hecho de que se atreviese a afirmar con tal rotundidad esa “barbaridad”, a un metro de distancia de su vecino hindú. Finalmente, otro chico más avispado me explicó que el animal en cuestión es el búfalo, a cuya carne la creencia popular atribuye efectos beneficiosos en la vida sexual.
La visión de tanta carnicería me había dado hambre, de modo que regresé a mi barrio a almorzar, para lo cual escogí un coqueto y turístico restaurante frente a la puerta este del Taj Mahal, que a pesar de su estratégica situación se encontraba completamente vacío. Allí entablé conversación con el dueño, un hombre de unos 45 años que se me presentó como Nikky (uno de sus numerosos nombres, según él) y que, mientras fumaba un porro tras otro, me contó prácticamente toda su vida. Además del restaurante y otra pequeña tienda adyacente, su principal fuente de ingresos es la compra-venta de marihuana, opio, cocaína y cualquier otra droga que se os pueda pasar por la cabeza (y que, a excepción de la marihuana, asegura que no prueba). Con estos trapicheos afirma haber llegado a acumular una pequeña fortuna que guarda en un banco suizo.
“Nikky” se ha casado cuatro veces: las dos primeras, con una japonesa y una israelí, relaciones que duraron más bien poco y de las que se había separado limpiamente, sin ningún trámite legal de por medio. A día de hoy, conserva sus dos últimas esposas: una australiana con la que lleva más veinte años y con la que tiene cuatro hijos, y por último, una joven india de 19 años con la que ha tenido una hija hace poco. Una vez al año, su familia australiana al completo viene a verle y, junto a su mujer e hija indias, se dedican a viajar por el país. Todos juntos. Tan extraordinaria biografía debe ser naturalmente cogida con pinzas, pero he de admitir que tal profusión de detalles y convicción al contarlo le convierten, cuanto menos, en un tipo interesante.
Por la tarde me acerqué hasta Sikandra, una localidad a doce kilometros de Agra, en la que se encuentra el colosal mausoleo del emperador mongol Akbar, constructor del Fuerte Rojo y abuelo de Shah Jahan, quien fuera artifice del Taj Mahal.
Ya la entrada impresiona, debido a los cuatro gigantescos e incluso desproporcionados minaretes que coronan la puerta de acceso. Pasada ésta, se accede a un bonito jardín lleno de ciervos, a los que no está permitido acercarse, excepto para las parejas indias de recién casados que, acompañadas por un fotógrafo, acuden hasta allí para hacer su álbum de boda.
Al final del paseo se erige, imponente, el mausoleo. La primera vista hace pensar que se trate de un edificio algo tosco, sin embargo, al observarlo con detenimiento, enseguida se percibe cómo el detalle con el que ha sido trabajada la piedra aumenta progresivamente desde los pisos inferiores, en gres rojizo, hasta la parte superior, de un hermoso y brillante mármol blanco. La fachada parece un intento de aunar armoniosamente los estilos árabe, hindú y budista, algo que encuentra explicación en la visión y filosofía del monarca, quien durante su reinado trató de instaurar la tolerancia de culto, e incluso crear una nueva religión que uniese todas.
Tras entrar al interior al edificio y ver las tumbas, tanto del emperador como de sus mujeres e hijos, emprendí el camino de vuelta a Agra. Una agotadora hora de autostop para recorrer los doce kilometros que me distanciaban de la ciudad termino de proporcionarme un profundo cansancio que a duras penas me permitio subur a cenar a una de las numerosas terrazas con proximas al Taj, para una primera y parcial vista de la maravilla…
Segundo día: Desde el Fuerte Rojo hasta el otro lado del Yamuna
El segundo día no me moví de Agra. Por la mañana caminé los aproximadamente dos kilómetros que hay desde mi barrio hasta el Fuerte Rojo, y dediqué la mañana entera a su visita. Aunque llevo casi dos meses sin parar de ver fuertes y palacios, hasta el punto de estar comenzando a perder ligeramente el interés por los mismos, debo reconocer que el Fuerte de Agra constituye una excepción.
El palacio principal, construido a mediados del siglo XVI por Akbar El Grande, ha sido lugar de residencia para cuatro generaciones de mongoles, quienes lo fueron ampliando sucesivamente hasta dejarlo como hoy día lo conocemos: un conjunto de edificios y jardines cuya belleza y extensión obliga a permanecer en él un mínimo de cuatro horas, si es que se pretende disfrutar plenamente de la visita.
Mención aparte merecen los jardines, donde resulta de lo más agradable sentarse con un libro a la sombra de un árbol; así como el harén, donde se asegura vivían más de 5.000 mujeres, en apartamentos individuales, y a las que Akbar pagaba una mensualidad que iba de las 1.000 a las 1.600 rupias, por sus servicios, ¡todo un capital para la época!
La leyenda más romántica de todas las referentes a este edificio cuenta que Aurangzeb, el sucesor de Shah Jahan, encarceló a su padre durante los últimos años de su vida en una de las torres del palacio, desde donde pudo observar el monumento donde descansaba su amada esposa, hasta el día de su propia muerte.
Tras esta visita continué mi paseo hacia el otro lado del río Yamuna. Son otros tres o cuatro kilómetros, en el transcurso de los cuales puede vislumbrarse, a mayor distancia, pero también con más perspectiva, el Taj Mahal, además de otras muchas estampas de la vida más cotidiana y ajena al turismo que enturbia el centro de la ciudad.
Una vez cruzado el puente de Agra, siguiendo la orilla hacia la izquierda, llegué a Itimad-ud-Daulah, el mausoleo de Mirza Guiyas Beg. Este personaje no es otro que el padre de la esposa del emperador Jahargin (hijo de Akbar y padre de Shah Jahan), previamente ministro del mismo emperador, por lo que podría parecer que históricamente, no tiene tanta importancia. Sin embargo, bastan apenas unos minutos frente al mismo para darse cuenta de su belleza y, sobre todo, del innegable parecido que su estructura guarda con el Taj Mahal.
Considero bastante acertado visitar este pequeño monumento antes que la famosa maravilla, ya que, en caso contrario, es inevitable que el esplendor del Taj haga sombra a su “abuelo menor”, cuando tampoco es que éste tenga desperdicio alguno: aunque menos espectacular que el Taj (evidentemente), sus grabados e incrustaciones de piedras semipreciosas, además de la decoración en marquetería de mármol de colores (el Taj está hecho excluidamente en mármol blanco) compiten en belleza con las de su sucesor, por lo que popularmente se le conoce con el nombre de “Baby Taj”.
Frente a él, en la otra orilla del río, pude observar las chimeneas de algunas de las fábricas abandonadas, a principios de los años noventa, debido a la decisión tomada por el gobierno indio de cerrar más de doscientas fábricas en Agra, con el objetivo de prevenir el deterioro que la contaminación atmosférica estaba ocasionando en la fachada del Taj Mahal. Por este mismo motivo, la zona circundante al monumento también se encuentra cerrada a los vehículos de motor; en teoría, en un radio de cuatro kilómetros, aunque tengo mis dudas sobre ello…
Continuando por ese lado del río, a menos de un kilómetro del “Pequeño Taj”, se encuentran algunos monumentos menores como Chini-ki-Rauza, otro mausoleo erigido en memoria de un ministro (en este caso, el de Shah Jahan), lamentablemente en peor estado de conservación, pero cuya visita vale la pena no sólo por aprovechar el camino andado, sino también al tratarse de un lugar tranquilo y agradable donde descansar un rato en compañía de los numerosos niños de la zona, que lo emplean como zona de juegos y donde, al ser visto, es fácil quedar retenido durante más de una hora entre sus risas, bromas, y su curiosidad por ser fotografiados.
A pesar de no ser más de las cuatro de la tarde, el anochecer estaba al caer, y debía darme prisa si quería desandar el camino recorrido hacia la izquierda del puente, y caminar otro tanto hacia el otro lado, siempre en la orilla opuesta al Taj Mahal: cuatro kilómetros más para disfrutar de una casi completa vista del monumento desde su parte trasera, y asistir a una puesta de sol para la que no tengo palabras. Mención aparte merecen las mujeres que conversan a orillas del río, y los niños que corren y juegan, ajenos al espectáculo que se desarrolla ante sus ojos. Después de eso (pensé yo) difícilmente podría impresionarme la entrada desde la puerta principal. Qué equivocada estaba.
Tras nueve horas y doce kilómetros de caminata desde que me había levantado esa mañana, regresé a mi hotel en rickshaw, donde me duché antes de reunirme de nuevo con mi amigo Nikky, quien continuó deleitándome con su extravagante visión del mundo. Esta vez, la historia de cómo seis extraterrestres aterrizaron hace menos de un año en Estados Unidos, desde donde han establecido su campo de operaciones antes de conquistar el planeta: el gobierno lo sabe, pero no nos lo quiere decir; podéis buscarlo en Internet. Un tipo interesante, sin ninguna duda.
Tercer día: 46 kilómetros de autostop hasta Fatehpur Sikri
El tercer día lo empleé en hacer una excursión a la que tenía muchas ganas: Fatehpur Sikri, conocida como la ciudad fantasma de Akbar el Grande.
Se encuentra a unos 46 kilómetros de Agra, lo que podría ser poco más de una hora de trayecto en autobús, pero debido a mis transportes alternativos tardé más de dos horas en llegar a ella, ya que hube de coger más de cuatro coches y furgonetas diferentes hasta que, finalmente, un amable conductor turístico que en esos momentos no tenía clientes y se dirigía hacia allí, se ofreció a llevarme.
Esta visita resulta especialmente mágica por varios motivos. En primer lugar, su historia: se dice que Akbar el Grande, que llegó al trono a la edad de 13 años, habiendo cumplido los 26 aún no tenía aún descendencia. Desesperado, acudió a la colina de Sikri, donde vivía un ermitaño (llamado Shaikh Salim Christi) cuya sabiduría era proverbial, y cuya bendición le trajo ni más ni menos que tres hijos. Agradecido, decidió establecer la nueva capital de su imperio en este lugar; sin embargo, la ciudad de Fahtepur tuvo que ser abandonada poco después de la muerte del monarca debido a las fuertes restricciones de agua de la zona.
Hoy, transcurrido casi medio milenio desde su construcción, aún quedan en pie las murallas, que encierran toda la ciudad antigua (en ruinas, y cuya vista se extiende hasta donde alcanza la vista), el palacio, y la impresionante mezquita; estos dos últimos, objeto de una acertada restauración por parte de la Sociedad Arqueológica de India.
Nada más llegar, un niño de ocho años (con un excelente nivel de inglés) se me pegó a las faldas y, tras comprobar que no había manera de venderme unas postales, decidió ser mi “guía” durante todo el recorrido. Yo le dejé claro desde un primer momento que no pensaba pagarle por ello, pero Sanee (así se llama), insistió en acompañarme y he de reconocer que terminé por cogerle bastante cariño. Con él aprendí cosas incluso mucho más interesantes que la propia historia de la ciudad, como el funcionamiento de las “guerrillas” entre los niños que compiten por conseguir, a la salida del palacio, el ticket usado de los turistas, que revenden posteriormente dios sabe a quién.
No soy una guía de viajes, así que no voy a detenerme a describir, uno por uno, cada edificio de la ciudad (necesitaría una entrada sólo para ello). Únicamente destacaré la impresionante Puerta de la Victoria que da acceso a la mezquita, de 54 metros de altura y en cuyo arco se alojan decenas de panales de abejas (que a mi me dieron un poquito de asco). Pasada la Puerta: Jama Masjid, o la Gran Mezquita, de la que unos dicen que es una copia de la mezquita de Bibi Khanam, en Samarkandra, y otros, de la mismísima Meca. En cualquier caso, resulta de lo más interesante detenerse un rato en el interior de su patio, observando a los vendedores de colgantes y otros recuerdos, o a los muchos fieles, especialmente mujeres, que se acercan hasta la tumba de Shaikh Salim Christi (en el interior del patio), con la esperanza de que, como hiciese hace quinientos años con el gran Akbar, les conceda la gracia de un hijo.
Tras corretear durante algunas horas entre los edificios de la ciudad antigua (que, por cierto, me gustó mucho más que el propio palacio, tal vez por el cansancio que había acumulado cuando llegué a él), y darle mi ticket y una pequeña propinilla a mi amigo Sanee (quién quedó más contento que unas pascuas, mientras, por mi parte, yo me preocupaba por la decena de niños que nos rodeaban dispuestos a tirarse a la yugular del pobre chiquillo en cuanto yo me diese la vuelta), emprendí el camino de vuelta a Agra. Apresurándome mucho aún pude ver los últimos coletazos de la puesta de sol desde una de las esquinas del Taj. Ahora sí, estaba más cerca que nunca.
Cuarto día: Entrada en el Taj Mahal.
Son muchas las historias que versan en relación a la construcción de este inigualable monumento al amor; de todas ellas, sólo una es completamente cierta: Shah Jahan, desolado tras la pérdida de Mumtaz Mahal, su esposa y musa, fallecida trágicamente de parto en 1631, juró construir un monumento en su memoria sin igual en el mundo entero. Para ello, hizo venir a más de 20.000 trabajadores desde todos los rincones de India, Asia Central e incluso Europa, que durante veinte años trabajaron sin descanso en su levantamiento.
Una vez terminado, el monarca comenzó la construcción de otro mausoleo idéntico en mármol negro, para sí mismo, en el otro lado del río; pero su hijo Aurangzeb, que no estaba dispuesto a continuar siendo testigo de como su padre se fundía su herencia en semejantes estridencias, le mandó encarcelar (como he comentado anteriormente en la visita al Fuerte Rojo), y cuando su Shah Jahan murió, instaló su cenotafio en el interior del Taj, junto al de su esposa, rompiendo de este modo la perfecta simetría de todo el conjunto funerario.
A partir de aquí, las leyendas son muchas y variadas: unos dicen que, el día que Mumtaz Mahal falleció, el cabello del monarca se volvió gris de la noche a la mañana; otros aseguran que, como Shah Jahan creía que ninguna persona sería capaz de concebir un monumento a la altura de su dolor, mandó traer a un arquitecto persa, e hizo matar a su prometida; por último, están quienes afirman que, una vez terminado el monumento, se cortó las manos de todos aquellos que habían trabajado en él, para asegurarse de que tal obra jamás pudiese repetirse.
Leyendas aparte, la sensación que recorre la espalda de aquel que entra por primera vez en los jardines del Taj Mahal, tiene difícil descripción. A pesar de llevar cuatro días viéndolo desde todos los ángulos posibles, la puesta en escena (sin duda alguna, perfectamente planificada) que se desarrolla desde el momento en que se cruza la primera de las murallas que lo protegen y comienza a adivinarse parte de su estructura a través del segundo arco de entrada, es de una genialidad difícilmente superable.
Una vez atravesada esta segunda puerta, el Taj aparece casi de golpe: imponente, glorioso, macizo y, al mismo tiempo, casi etéreo. La plataforma de mármol blanco sobre la que se alza, y el reflejo de su estructura sobre el agua del estanque que lo precede, provocan la ilusión de que el edificio flotase en el aire.
A mi, personalmente, lo que más me conmovió fue la sensación que tuve, durante unos largos segundos, de que en ese preciso lugar terminase el mundo. Realmente, está construido de tal manera que no se ve absolutamente nada de los campos o el río que hay a sus espaldas, y parece que, tras el paseo que conduce a él y el propio edificio, no existiese nada, que toda vida y existencia finalizase ahí, como un pacífico camino hasta el cielo.
N.A: Si he decidido cortar el relato aquí, es porque cualquier anécdota que os pueda contar de las casi cinco horas que permanecí en sus jardines, emborronarían todo lo escrito anteriormente; y cualquier otra curiosidad que pudiese añadir referente a su construcción o arquitectura, ha sido dicha cientos de veces por personas mucho más entendidas que yo, de modo que, por una vez, asumamos nuestras limitaciones y dejémoslo en el aire. Para escribir sobre el Taj Mahal hay que tener mucho valor (y tiempo), algo de lo que, en este caso concreto, creo que carezco: el listón está muy alto. El que quiera más información sólo tiene que teclear en Google y cientos de páginas podrán darle datos muchos más precisos y fiables que los míos. Por mi parte, y modestamente, sólo puedo remitiros a mis fotografías, que aunque no sean tan espectaculares como las de National Geographic, tal vez os hagan un poquito partícipes de mi experiencia personal en uno de los lugares más hermosos del mundo. Estarán colgadas en su álbum de Flickr próximamente (para no variar, el retraso sufrido estos días se ha debido a un apagón en toda la ciudad de Agra, problema que ya me asaltó en Haridwar y que parece decidido a perseguirme durate todo el viaje).











































































































































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